¿Es la Infidelidad un Maltrato Psicológico?
- José Manuel Lomelí

- 6 dic 2021
- 9 min de lectura

Es innegable que el trabajo psicoterapéutico con parejas que están enfrentando una infidelidad posee todos los elementos propios de una película de acción, terror y suspenso producida en Hollywood: una trama llena de secretos que se van desvelando gradualmente (a veces esto sucede al final de una sesión cuando ya no hay tiempo de abordarlo y uno se queda intrigado cual si fuera el final de temporada de Games of Thrones); un marcado antagonismo entre dos de los protagonistas; escenas cargadas de acción y violencia; incertidumbre sobre si la pareja logrará o no superar los obstáculos; esto por mencionar sólo algunos. Sin embargo, la gran diferencia con respecto a las películas es que en este caso no se trata de una actuación, y el sufrimiento que se experimenta es muy real. Por eso, en esta ocasión quiero enfocarme en el aspecto de la agresión y la violencia que se llega a generar en las interacciones de pareja y que aumentan significativamente el dolor vivido. Ahora, dejando momentáneamente de lado la tristeza y el duelo que conlleva una infidelidad, me concentraré en los niveles de resentimiento, ira y desconfianza que sirven de terreno fértil para que la violencia germine y ambas partes terminen atrapadas en un círculo vicioso de ataques y contraataques difícil de romper. Y es aquí, reflexionando sobre la violencia y la infidelidad, de dónde surgen las preguntas que dan título a este artículo. ¿Puede una infidelidad considerarse maltrato psicológico? De ser así, ¿en qué momento se convierte en maltrato? Para dar respuesta a estas preguntas, es importante aclarar primero tanto el concepto de infidelidad como el de maltrato psicológico. Posteriormente, estaremos en una mejor posición para saber si es que existe una relación entre ambos o no, así como la fuerza de esa correlación.
¿QUÉ SE ENTIENDE POR INFIDELIDAD? Entiéndase por infidelidad la decisión unilateral y secreta que una persona hace de romper el acuerdo de vinculación exclusiva (sexual o afectiva) a la que se había comprometido, cuando termina relacionándose con alguien que no es su cónyuge o pareja de hecho. Evidentemente, para lograr ocultar este hecho, la persona infiel necesita recurrir a una cantidad importante de mentiras. Mientras más tiempo dure la relación extrapareja, mayor necesidad tendrá de ocultar y distorsionar la información. ¿QUÉ SE ENTIENDE POR MALTRATO PSICOLÓGICO? Por otro lado, a pesar de que existen distintos elementos que conforman el concepto del maltrato psicológico, la mayoría de las definiciones parecen coincidir en lo siguiente: maltrato es aquel acto en el que se emplea la violencia y que busca causar un daño o perjuicio en otra persona. Lamentablemente, la definición de violencia varía de acuerdo con la disciplina que la esté estudiando. En este artículo, se entenderá la violencia como el uso de estrategias coercitivas, es decir, usando la fuerza para tratar que la otra persona haga algo que no haría por decisión propia, es decir, busca doblegar su voluntad. Estas parecieran ser las características más generales del maltrato, aunque hay definiciones que agregan otros elementos para que un comportamiento sea susceptible de ser catalogado como tal. Dos de esos elementos apuntan a la intencionalidad y al desequilibrio de poder, conformando un nuevo concepto: el del abuso. Es muy probable que encuentres textos donde los términos de “maltrato” y “abuso” son utilizados como sinónimos. Desde mi óptica, el abuso sería una forma de maltrato, mas no todo maltrato implica un abuso. Entonces, para aclarar un poco las cosas y no causar confusión. El maltrato y el abuso se asemejan en que ambos son actos que recurren a la violencia (física o psicológica), cuya consecuencia termina siendo que alguien resulte dañado o perjudicado en su integridad física o en su estabilidad psicológica. La diferencia entre el abuso y el maltrato es que en el primero existe tanto la conciencia e intención de dañar, así como el sacar ventaja por la desigualdad de poder que existe (por ejemplo: un jefe que se vale de su jerarquía para perjudicar a sus subordinados, un padre que saca provecho de su autoridad, etc.). Así, el desequilibrio de poder es clave, pues hace que el abuso sea un acto unilateral y, por lo tanto, difícil de responder. Ahora sólo resta aclarar la parte psíquica del concepto. Entonces, el maltrato psicológico se referirá a aquel comportamiento que cause un daño moral, altere el desarrollo o el equilibrio en la personalidad de un individuo (por ejemplo, en su autoestima, autoconcepto, entre otros). De igual forma, en este tipo de maltrato el agresor recurre a la coerción psicológica. No se requiere de sacar una pistola, ni una navaja, ni ningún arma que amedrente. La violencia psicológica consiste en tratar de convencer a la víctima de que se encuentra frente a un grave peligro si se resiste a hacer lo que se le pide. Todo esto sin necesidad de golpearla o agredirla físicamente. Obviamente, lograr esto es algo que no siempre se consigue a la primera, por lo que para que el maltrato se considere como tal, la conducta agresiva debe repetirse de manera constante. Hay ocasiones cuando, para darle mayor credibilidad a la amenaza, el agresor se apoya de conductas intimidantes (por ejemplo: golpear la pared, aventar platos u otros objetos).

¿EXISTE ALGUNA RELACIÓN ENTRE LA INFIDELIDAD Y EL MALTRATO? Y bueno, hemos llegado al punto medular de este artículo. La primera pregunta sería: ¿puede la infidelidad considerarse un acto violento? La respuesta no es fácil ya que como vimos, la infidelidad es la suma de varios acontecimientos: la decisión de romper el compromiso de exclusividad, el involucramiento con una tercera persona, así como el recurrir a mentiras y engaños. El sólo hecho de romper con el compromiso de exclusividad no es en sí mismo violento. Cuando una pareja se divorcia o cuando una pareja acuerda tener una relación abierta, están renunciando al compromiso de exclusividad y eso no implica violencia alguna. El meollo del asunto lo da el uso y manejo de las mentiras, por lo que tendremos que enfocarnos en ellas si queremos obtener una respuesta. Entonces, aclarado lo anterior, nuestra mente no puede evitar preguntarse: ¿puede la mentira considerarse como un acto violento? ¿todas las mentiras violentan? Las mentiras son actos donde la información se distorsiona para lograr que una persona crea algo que no es cierto. ¿Cuánta coerción psicológica existe en una mentira? ¿Es agresivo hacerle creer a un niño en los Reyes Magos? No existen respuestas simples, por lo que aquí es donde conocer el contexto es crucial. Una primera reflexión sería: ¿qué tanto daño te causará llegar a creer lo que yo pretendo que creas al usar esta mentira? Las personas infieles por lo general argumentan que “tienen que mentir” para “proteger” a su pareja de una información dolorosa o peligrosa. De ahí que sea difícil que puedan reconocer y aceptar el grado de violencia que sus mentiras causan. Aunado a lo anterior (y dejando de lado por un momento qué tan coercitiva es una mentira), hay que reconocer que la información es poder. Por tanto, recurrir a la mentira se convierte en un desequilibrio de poder cuando la persona engañada no tiene forma de defenderse de ella. De ahí que muchas personas recurran a espiar o vigilar a la pareja como forma de mantener el poder equilibrado. Por si esto no fuera suficiente, existe otro punto debatible. Las personas infieles recurren también a ocultar la información (verdades a medias), algo que es diferente de distorsionar los hechos. De igual forma, se defienden argumentando que tienen derecho a cierta privacidad y que no tienen por qué comunicar “todo lo que hacen”. ¿Dónde termina este derecho? La respuesta a esta pregunta nos llevaría varios artículos más. Pero entonces, ¿cómo salir de todo este embrollo? Para los terapeutas es evidente que muchas parejas que llegan a consulta por infidelidad han quedado atrapadas en una dinámica de maltrato. Es más, es prácticamente imposible lograr crear un contexto terapéutico y que favorezca la sanación si antes no se le pone un alto a la violencia en la que han caído. Para ello es importante ayudar a la pareja a visualizar y reconocer (concientizar) dicho maltrato. El maltrato suele ser una medida desesperada a la que la pareja recurre como una manera de intentar afrontar la crisis ocasionada por la infidelidad. No quiero promover la idea de que sólo la parte infiel es quien maltrata, ya que la parte engañada también puede recurrir a comportamientos coercitivos, dañinos y reiterados como un intento para controlar la conducta infiel, o bien para tratar de someter a su pareja a que deje la otra relación. Así, cuando llegan al consultorio es frecuente encontrarse con una relación muy similar a una guerra, donde cada uno ataca al otro desde su trinchera. Lo más irónico del asunto es que, por alguna razón, ambos están convencidos de que esa es la mejor forma de “resolver” el problema. No es de sorprender entonces que cada vez se sientan más lastimados, más resentidos, más deprimidos y con cantidades cada vez mayores de ira que corre el riesgo de desbordarse y convertirse en agresión física.

Ahora, quizás te estés preguntando, ¿puede haber un escenario aún peor? La respuesta es sí: cuando la dinámica de maltrato pasa a convertirse en una forma de abuso. Algunos parámetros en los que me apoyo para identificar cuando una pareja ha pasado de uno a otro estado son los siguientes:
1. ¿Qué tan equilibrado está el poder dentro de la relación? Cuando alguno de los miembros de la pareja ostenta mayor autoridad, tiene mayor estatus, o un mayor acceso a los recursos económicos, estamos frente a una relación desequilibrada.
2. ¿Cuánto desequilibrio de poder está generando el ocultamiento y la mentira? No todo lo que se oculta desequilibra el poder de la misma manera, por lo que hay que descubrir cuál es la información clave que puede empoderar o disminuir el poder de respuesta.
3. ¿Cuánto daño puede generar en la pareja el desconocimiento de dicha información? Por ejemplo: no revelar el haber contraído una infección de transmisión sexual tras la infidelidad es una información que puede ser determinante en el daño que sufra la pareja.
4. ¿La persona infiel es consciente del daño causado a su pareja por el desconocimiento de la realidad? De ser así, ¿cuánta intencionalidad hay en provocar ese daño? Esta es una de las partes más delicadas de abordar. A veces, quien engaña es consciente del daño, pero por la manera en la que evalúa su situación siente que “no le queda otra opción”, o que, dadas las circunstancias, ese es “el menor de los males”.
5. ¿Qué tan reiteradas son las mentiras que desequilibran el poder? Este es otro aspecto difícil de evaluar, ya que las personas también ocultan, mienten o exageran la información que proporcionan al hablar con el terapeuta con el fin de lograr ganar un aliado a su causa.
6. ¿Las mentiras que la parte infiel usa conllevan la intención de controlar o someter a su pareja para neutralizar los recursos con los que cuenta para poder afrontar la infidelidad? Evidentemente, esto es algo que debe inferirse. Ninguna persona que desea sacar provecho de una estrategia indirecta aceptará abiertamente su propósito escondido.
En resumen, hay una alta probabilidad de estar frente a un caso de abuso psicológico cuando: haya un evidente desequilibrio de poder; cuando el daño generado (en este caso psicológico) es significativo; cuando las mentiras se usan de manera reiterada, con el propósito de perpetuar el daño y para evitar que la pareja encuentre recursos para recuperar su estabilidad emocional. Por ello, cuando todo esto sucede, el tema de la falta de exclusividad pasa a un segundo plano. El abordaje terapéutico debe enfocarse entonces en el manejo de la violencia. El perdón y la probable reconciliación deberán esperar. Tristemente, muchas veces la pareja está tan absorbida en su dinámica agresiva, que ninguno de los dos está dispuesto a buscar ayuda especializada por considerarlo un signo de debilidad. Su manera de pensar podría ser: “tú eres quien está generando todo este maltrato, por tanto, es tu deber tomar la iniciativa para resolverlo”. Sólo cuando la violencia se ha vuelto insoportable o peligrosa es cuando se busca la asesoría psicológica.
Como puede verse, el principal problema de la infidelidad no estriba en el involucramiento sexual o emocional con alguien más, sino en todo el potencial maltrato que puede generar su afrontamiento. No es de sorprender entonces que las personas infieles traten de ocultar por todos los medios la existencia de la otra relación creyendo que están actuando de forma preventiva. Lamentablemente, la estrategia que usan para tratar de frenar el problema termina por convertirse en la pólvora que termina por hacer explotar el conflicto.
Finalmente, y sólo para recalcar, el uso de las mentiras como estrategia coercitiva para someter a una persona a aceptar una relación extrapareja que de otra forma no aceptaría conduce (casi siempre) a una dinámica enmarcada por el maltrato y/o el abuso psicológico. De ahí que sean pocas las parejas que logran superar un evento de esta naturaleza. Por si esto fuera poco, la sociedad en general sostiene una actitud donde las parejas son “abandonadas a su suerte” y responsabilizadas implícitamente de haber causado el problema. Poco bienestar podrá surgir si las circunstancias aquí descritas no cambian.
Por cierto, si has descubierto la infidelidad de tu pareja, es muy probable que tu relación haya caído en una dinámica basada en el maltrato mutuo o incluso haber escalado ya a la categoría de abuso. Si crees que pudieras estar en esta situación, no dudes en buscar apoyo psicológico especializado.



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